Comuna crítica…
Las lecturas que hemos hecho terminan dejándome la sensación de que hay siempre alguien que sabe más y que me recuerda al ojo que todo lo ve del dólar gringo. Siempre desde fuera, sobre todo desde los ámbitos científicos y académicos se discute cómo se hace el cambio para la transformación (¿revolución?). Hay una lectura a posteriori de lo que sale mal y una lectura incompleta de lo que sale medio bien. Pero siempre se recurre a citas del pensador, filósofo, científico que se acomode al discurso que conviene (a quién en ese momento se le ocurre señalar) para buscar caminos para el cambio. Pero siempre es desde fuera, se habla no se escucha. Y aquí entra la víctima. ¿Cómo sabemos desde fuera, desde nuestro entono, confortable y seguro, ¿qué siente la víctima? Estamos tan lejos de esa realidad que nos atrevemos a decir quiénes son víctimas y porqué. Ejemplo clásico: eliminar los tugurios y desplazarlos a espacios donde pierden su realidad y su cohesión social. Desde fuera decidimos que lo que necesitan es una casa, a nuestro gusto, dispuesta en cuadrantes, donde circularán vehículos. ¿Se les pregunta alguna vez qué quieren, qué entorno, que relaciones tienen con los vecinos, como conviven? No, ni siquiera se les pregunta. Pero lo peor es que llegamos a la comuna crítica dispuestos a abrir un espacio para los discursos pero somos siempre los de afuera los que llegamos. ¿Por qué será que la víctima no busca espacios, no busca discusiones, no busca intersubjetividad?
Por esta misma razón, porque somos los que accedemos, los que “entendemos, comprendemos” que no nos gusta la palabra víctima; nos recuerda que nosotros somos los victimarios. ¿Y si sólo nos mueve sentirnos un poco mejor, hablando mucho y haciendo poco y además lo indebido? ¿Por qué no salimos a escuchar, a preguntar sin preconceptos?
En cuanto al Consenso de Washington, Dominique Strauss-Kahn en su discurso del 4 de abril del 2011, dice que éste no funcionó pero lo importante es lo siguiente:
El reto que afrontamos en la actualidad no es nuevo. Ya en 1933, John Maynard Keynes, uno de los fundadores del FMI, escribió: “El capitalismo internacional, decadente pero individualista, en cuyas manos nos encontramos después de la guerra, no es un éxito. No es inteligente, no es hermoso, no es justo, no es virtuoso y no entrega los artículos. En pocas palabras, nos disgusta y comenzamos a despreciarlo. Pero cuando nos preguntamos qué pondremos en su lugar, nos encontramos extremadamente perplejos”.*
Hoy en día, se nos plantean retos asombrosamente parecidos. Estamos reconstruyendo tras circunstancias asombrosamente parecidas que tienen raíces asombrosamente parecidas. No obstante, las instituciones de posguerra resultaron perdurables y propiciaron un período prolongado de paz y prosperidad, cooperación y estabilidad.
Ese es el mundo en el que nació el FMI, un mundo en el cual el multilateralismo importaba. En el cual los beneficios del crecimiento estaban ampliamente compartidos. En el cual el Estado y el mercado se complementaban y equilibraban mutuamente.
Nuestra tarea actual es volver a construir un mundo así. Evidentemente, no queremos volver a los años cuarenta. No queremos volver a la época en que un puñado de países dominaban la situación. No queremos darle la espalda a la apertura. Pero podemos retomar los principios sobre los cuales se construyó la economía de posguerra. Podemos tomar del pasado para alcanzar el futuro.
Al FMI le toca un papel fundamental. Debe retomar su misión original, que es fomentar la cooperación y combatir las raíces económicas de la guerra.
Muchos de los aquí presentes son los dirigentes del futuro. Pregúntense en qué mundo desean vivir. Seguramente un mundo que sea más inteligente, más justo y más virtuoso. Muchas gracias.
A diferencia de lo que sucedió en el 2009, cuando se habla del consenso de Londres:
El consenso de Washington está superado”, declaró Gordon Brown al término de la reunión del G-20 en Londres que ha marcado simbólicamente el fin de un modelo de capitalismo y el incierto inicio de una nueva forma de globalización. Atrás queda la fe ciega en la capacidad del mercado para autorregularse, la piedra angular del llamado consenso de Washington, el dogma dominante de nuestras economías y nuestras vidas en las dos últimas décadas. Se acabó el reducir la sociedad al mercado y el mercado a la cotización en bolsa. Y se reafirma la responsabilidad de los estados para gestionar los flujos globales en vez de navegarlos sin brújula. Ha tenido que producirse una crisis catastrófica del sistema financiero mundial para que las llamadas de atención que hasta hace poco se descartaban por ideológicas y arcaicas se hayan convertido en materiales de reflexión para la reconstrucción de la economía mundial.
Pero la receta de Gordon a diferencia de Strauss-Kahn no habla de un mundo más inteligente, más virtuoso, más justo.
Sin embargo, lo más interesante es que los que siempre apoyaron el consenso de Washington como La Nación, Lizano, Naranjo, Gutiérrez y demás secuaces ni se oyen ni se ven. Ni el 80 % de los profesores de la Facultad de Ciencias Económicas que estarán desinformando a sus estudiantes. Lo no dicho no existe.
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