
Documentos no-velados: la onomástica del computador
Master of puppets
Una cámara de Gessel, un analista computando datos, una maquina haciendo del registro un menester de lo compulsivo, adentro de la pecera, un grito sordo, la mirada, el estupor, la presunción incredulidad en los ojos del inquisidor, un auricular que murmura como apuntador más preguntas, el punto exacto de quiebre del otro, ese que está sentado, que a la minima imprecación a la autoridad o al sitio de la cual esta se ha servido será disciplinado por la gravitacional de las formas de castigo, lo centrifugo de sus fuerzas en el cuerpo y en la mente, el horror no se acaba de decir aunque sea pensado como una triste postal, el hombre sentado -una subjetividad emplazada en el atolladero de lo “real”- ya no recuerda el día en que fue encerrado, sólo la recurrencia a un carrete de la memoria que se repite como una película, una fantasía de control total, el sueño líquido de Orwell o seguramente el papel con que empapelan su mente los torturadores para excitarse, el wallpaper en la pantalla del burócrata que lee semana a semana los progresos en las labores de acopio de información, no sabe porqué está aquí, se imagina a “la triada de la desesperación”, analista-inquisidor-burócrata, piensa hoy particularmente al que escuetamente llama analista, sabe que el reflejo es ilusión, que la transparencia es mentira, que la inteligencia del inquisidor es la réplica del master of puppets (mop) del otro lado de la ventana del silencio, el “mop” –así le gusta llamarle- ha hecho tan exquisito su performance de su deshumanización que se ha convertido en ausencia, una ausencia presente y acuciante por el auricular, alguien que en la vernácula lengua de la fauna del infierno de la “verdad” dosificaba el silencio la búsqueda de lo estrecho de la otra verdad, la verdad “adequatio” la del sueño en la mirada voeyour del habitante del espejo, se pregunta el hombre sentado en el intervalo de cada pregunta si quien le lee en gestos será sólo un técnico de esos son hábiles en leer gestos, el habitual imbécil endiosado por lo que cree un portento, un don, una cualidad que le eleva de lo humano, lo pone entre lo selecto de la eugenesia de una raza presuntamente superior, extra-planetaria, cósmica de tanto acido del laboratorio de las ratas o sencillamente se siente un “héroe” de la seguridad nacional en el mundo del “doble pensar”, un fanático cristiano exorcista de vidas y de culpas rentadas en algún lugar del banco de la inteligencia estadounidense, en cada una de estas posibilidades ensayaba el hombre sentado en la silla respuestas distintas a la pregunta: ¿se habrá hecho el analista la pregunta sobre la genealogía de la verdad en el dolor? Perder la cordura, lleva los ojos al blanco, al desolado blanco, al agudo zumbido de la verdad antes del fin, hace entrar en otro cuarto, un lugar ya conocido, la lengua no se comprende, los uniformes cambian, es otra escena, puede que sea otro tiempo, una temporalidad más en el caleidoscopio del delirio que le inducen las drogas, consigue volver al hilo de Ariadna que ha armado con preguntas para no perder esa parcela de consciencia última que le ha permitido sobrevivir los rituales de la tortura, la pregunta por una verdad que de existir viene formulas confirmatorias para “triada de la desesperación”, el mop sigue ahí, le pregunta imaginariamente por los estertores de una guerra álgida, si en su frialdad era diferente al estado de situación del terror omnisciente de la guerra decretada por halcones y otras aves de rapiña en casas blancas de tanta cal sobre los huesos de la historia, el mop no sabe, si imaginariamente pudiera devolver la mirada, le diría que el terror se representa así mismo como siempre presente
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