Mis impresiones, observaciones y cuestionamientos son poco teóricos y más vivenciales:
El rol de gran parte de los y las académicas ha sido desde afuera, señalando e indicando a diestra y siniestra. Nos encontramos entonces con un sinnúmero de textos escritos por y para los intelectuales. En estos se plantea el cómo, por qué y dónde del pensamiento crítico. Poco falta para que nos den un manual con pasos a seguir. Aunque no menosprecio el valor de la teoría y el peso que ejerce sobre la praxis, en lo personal, creo que es esa misma teoría la que deberíamos cuestionar desde una crítica constructiva y autoreflexiva. ¿A que se debe que la mayoría de estos teóricos (con las excepciones obvias) sean no sólo europeos o norteamericanos sino también hombres? ¿No responde esto a un poder hegemónico que vulnerabiliza y en los peores casos invisibiliza? De nuevo, una parte más del proceso histórico dentro del cual debemos actuar no solo como espectadores sino como participes.
La palabra revolución se acogió para señalar cambios histórico-sociales que suelen ser abruptos y radicales. Hoy, a finales de mayo del 2011, esa palabra me suena a cliché (hasta luce si le ponemos la cara del Che). ¿Cómo todo cliché ha perdido también su fuerza, su poder? Una revolución es también un fenómeno físico, donde un cuerpo hace una trayectoria CERRADA alrededor de otro cuerpo o eje FIJO, es decir vuelve al mismo punto. Este ejemplo me hace sentir o pensar (ojala críticamente) que quizás es en eso precisamente donde hemos fallado históricamente… haciendo revoluciones y revoluciones en torno a los mismos principios e ideales. Ideales que entorpecen nuestra marcha. ¿Hacia donde? Hacia el cambio real, tangible, justo y solidario.
E. Galeano cita, textualmente, graffitis que ha visto en ciudades latinoamericanas:
- “¡Proletarios de todos los países, uníos! (Último aviso)”
- “¡Basta de hechos! ¡Queremos promesas!”
Uno que pude ver en Quito, como respuesta a la revolución ciudadana Correista decía: “¡La ROBOLUCION ciudadana está en marcha!
Esas son, entre muchas otras, iniciativas críticas que aplaudo: públicas, inmediatas, directas, expresivas. Ese graffitero, ¿será víctima o victimario?
Dagmar menciona que en efecto, estamos tan alejado@s que nos atrevemos a decir quiénes son víctimas y por qué. A mi tampoco me gusta la palabra víctima porque me recuerda que soy, en mayor o menor medida, victimaria. Entonces, ¿Qué hago con mi título sabiendo que tuve acceso a educación “superior” (de qué, de quienes) porque en el sistema hay quienes nunca la tendrán? Aún no lo se, quizás se vincule con lo postulado por Hinkelammert (alemán, hombre, pensador crítico). Espero que se vincule aún más con mi cotidianeidad, mis idas y venidas a la feria, mi trabajo, mis relaciones humanas.
Concuerdo con Erick que habla del arte de la perspicacia. Claro, seamos creativ@s, innovador@s (especialmente en nuestra área); desestructuremos. Es cierto: Lo no dicho no existe, y el frío no está en las cobijas.
Me parece la palabra "revolución" se vuelve cliché cuando no se vive como tal; tuve una experiencia en Venezuela, y pues, compartir con gente y escucharla mencionar la palabra "revolución", a la par de un proyecto dirigido por una comunidad, es algo que de verdad le imprime su sentido; se transmite la sensación de lo que aquello significa, lo cual no sirve si sólo se hace mediante el razonamiento. La revolución, aparte de concepto, tiene que ser vivencia práctica y constante de personas sentipensantes, en este sentido una revolución nunca acaba.
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