jueves, 26 de mayo de 2011

¿Qué implica hacer/reflexionar psicología desde la otra orilla?

"Ella está en el horizonte -dice Fernando Birri-. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. ¿Para que sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar."

Eduardo Galeano

Hinkelammert en la tercera parte de su libro, La maldición que pesa sobre la ley, emite una afirmación sumamente importante: “Una reconstitución del pensamiento crítico implica, una crítica del pensamiento crítico (…) tiene que ser una crítica desde adentro, no crítica externa” (p.227). Este señalamiento, básico para nuestro propósito, el cual es hacer/reflexionar una psicología desde otra orilla, remite a un desafío en el cual nosotros/as mismas desde nuestra orilla debemos reconocer y enfrentar nuestras propias posiciones respecto a la realidad, dejando de lado las tradiciones asépticas que conciben una total inocencia política en lo que respecta a la producción de conocimientos científicos. Este desafío, necesita por lo tanto de un marco ético con el cual compararse y marcar vías, ya que nuestras decisiones tendrán impacto sobre personas poseedoras de derechos humanos, que muy indignamente gran parte de académicos/as de las ciencias sociales se han negado a reconocer con miras a la consecución de resultados objetivos y de explicaciones válidas de la realidad. De ahí que no podemos obviar la dimensión política de cuanto producimos desde esta otra orilla.

Para entablar una reflexión crítica sobre el pensamiento crítico, propongo el concepto metafórico de un arte de la perspicacia. En primer lugar, le llamo arte en tanto nos es necesario sostener una praxis encontrada con la cultura de la cual somos parte, donde nuestros aportes y desarrollos contemplen la posibilidad de ser creativos/as (romper barreras de pensamiento estructuradas rigurosamente), y de incorporar la creatividad de las personas que se hallen involucradas y con las cuales queremos trabajar, sin importar el rol social que éstas poseen (académicas, obreras, campesinas, adolescentes, indígenas, etc.), siendo estas personas también parte del proceso de crítica de nuestra producción. El arte en este sentido es símbolo de desestructuración de lo no permitido (según las reglas del mercado y la ganancia), consiguiendo alternativas que incluyen las voces de quienes no han sido escuchados. En términos de la lógica propuesta por Hinkelammert, el arte al que me refiero, constituye ese recurso para pensar en imposibilidades y traducirlas en posibilidades, de tal manera que no se condicione de manera autocrática qué es lo que las personas deben ver y escuchar. Se trata pues, de trascender los límites impuestos por el modelo socioeconómico imperante para impulsar una construcción constante de utopías que sirvan de guía al camino que se pretende recorrer, y que precisamente refiera al hecho de no alcanzar estas utopías estrictamente, para así garantizar la posibilidad siempre abierta de opciones en el camino de escucha de diversidades, abogándose por el enfrentamiento ante las eventuales contradicciones, en vez de evadirlas e imponer una única lógica. Sin duda esta alternativa será descalificada desde los centros desde los cuales se nos intenta limitar reiteradas ocasiones; a propósito de la metáfora se nos dirá: “el arte no es ciencia”, no responde a los principios de la razón instrumental.

Asimismo, hablo de un arte de la perspicacia, pues parte de la crítica a la cual debemos comprometernos hoy en día, es a la de saber identificar y desmantelar todas aquellas formas o trampas discursivas en las que el sistema actual pretende adoptar una cara pseudo-humanista; por esto la necesidad de una postura crítica de “leer entre líneas” como dicen. En el ámbito de la psicología laboral, por ejemplo, en muchas organizaciones no se habla hoy solamente de Recursos Humanos, sino de Gestión del Talento Humano, en la medida que se prefigura al sujeto trabajador con la noción del deber explotar al máximo sus habilidades (competencias conductuales), sin haber un desarrollo paralelo de sus derechos como trabajador, siendo así que la nominación “Gestión Talento Humano” invita a omitir esas consideradas “sutilezas” que dentro del modelo neoliberal es necesario no tomar en cuenta: derecho a sindicalización, equidad en las condiciones laborales de la mujer, derecho a un salario justo, etc. Cuanto importa es la ganancia económica, pero como las empresas están comprometidas a respetar códigos de Derechos Humanos, deben hallarse las formas ingeniosas para maquillar ese respeto por la vida humana.

Este arte de la perspicacia involucra también la discusión de Hinkelammert respecto a la presencia de lo ausente, ausencia que grita y clama por reconocer que la relación entre objetos-mercancías no es más que la relación entre personas que depositan sus voluntades sobre dichos objetos, de ahí el misterio del mundo de las mercancías. La práctica crítica incurriría en un grave error si se sostiene sobre constructos “científicos” que pretenden ser modelos explicativos de la realidad, y que precisamente han reproducido esa religión en la cual el científico cree que las cosas-mercancías se relacionan solas entre sí. Esto ha sido cuanto ha mantenido a gran parte de las ciencias sociales ignorando que dentro de una realidad compleja, ellas mismas aparecen como un discurso-práctica más que se instaura en la cultura, de ahí que su constitución como lente divino para entender el mundo no es más que la necesidad de afirmar poder, y además el gusto de pulular desde la comodidad que implica el sometimiento de conocimientos que no son parte del mundo-ciencia. Un arte de la perspicacia debiera llamar más bien a visualizar aquella ausencia a la cual se refiere el autor, esto es, todo “aquello que es negado por los mecanismos de dominación” (p. 248). Al ser negado, es ocultado, por esto nuestra tarea debe encaminarse a revelarlo, de ahí la necesidad de una perspicacia que contribuya a romper con la forma literal de la palabra y de la ciencia, e interpretarla en los contextos y situaciones que nos caracterizan como sujetos socio-históricos.

En consecuencia, desde la otra orilla debemos ser capaces de ver más allá de ésta nuestra orilla, y no concebirla como un pedazo de tierra exento de las trampas propias de la literalidad acrítica (incapacidad de análisis), o pseudo-humanismo pregonado desde el sistema hegemónico. Parte del compromiso debe ser, desde mi perspectiva, evadir aquellos roles en los cuales se nos pide ser superhéroes modestos, donde la realización de terapias puntuales o la confección de manuales de sobrevivencia (ni siquiera se puede hablar de manuales de vida), son la clave para encontrar la “armonía perfecta” entre los problemas sociales y las ganas de ayudar a construir un mundo mejor. En el sentido aducido por Hinkelammert, se trata también de evitar caer en la promesa del mito del progreso, donde todo se encauza en el ideal de un futuro mejor, resolviéndose en esa ocasión los conflictos de la mejor manera y por ende no existiendo ya los grandes problemas que nos aquejan actualmente. Esta promesa, como señala el autor, no es más que la imaginación de un tiempo abstracto, en el cual no aparecen los límites de lo posible, y tampoco aparecen, agrego, los horizontes del potencial de nuestras acciones. Es esta una promesa que no tiene ningún asidero real para cumplirse (y mejor que no sea así).

En relación con estos límites de lo posible, nos compete desde nuestra orilla identificarlos, estableciendo los posibles retos que se tengan que enfrentar para optar por un futuro del presente, que probablemente será distinto al futuro del presente del mañana, en tanto las coyunturas y las direcciones que proponen los distintos grupos sociales, tienen el poder de hacer tambalear los pronósticos que son emitidos desde los centros llamados “intelectuales”, o académicos. He aquí la necesidad de una crítica de nuestro pensamiento crítico, reconocernos como sujetos inmersos en una cultura de posibles transformaciones, en la cual podemos brindar un apoyo bastante importante como académicos o profesionales, pero no el único. Desde esto, es vital reconocernos también como ciudadanas/os, miembros de comunidades, en general, como seres humanos con ciertas limitaciones y a la vez con muchas posibilidades de acción.

En conclusión, la perspicacia no es una cualidad que nos pertenece por ser parte de un grupo de pensamiento al que llamamos crítico, sino que es un recurso que debemos aprovechar para evitar caer en postulados dogmáticos o fieles a la literalidad de un constructo científico, esos que precisamente sostienen que los objetos-mercancías hablan por sí mismos. Y como decía, se trata en general de un arte de la perspicacia, en tanto reconocemos que para mirar más allá nos es preciso ser creativos/as, reconociendo los potenciales que nos brinda nuestra cultura y las personas con las cuales nos sentimos comprometidas/as a ofrecer un intercambio de saberes, rompiendo con la práctica de agendar un día a día de relaciones estrechas con el modelo hegemónico limitante y represivo de sensibilidades diversas.

Hinkelammert, F. (2010). La maldición que pesa sobre la ley. Tercera parte, pp. 225-299.

2 comentarios:

  1. muy bien erick. interesante como plantea la cuestion de la autocritica como un arte de la perspicacia.

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  2. Me agradó su comentario, es un apego y a la vez una extensión particular de la tesis del autor.
    Brinda una herramienta, esos conceptos críticos que son como "lentes" que nos ayudan en cierto modo a intentar comprender "la realidad".

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